viernes, 26 de diciembre de 2008

Cumbia hipérbole

Nory Flores y yo salimos a caminar por el centro de San Salvador. Ella quería hacer un paseo para recordar tiempos pasados y hacer algunas compras, pero le daba miedo ir sola. A mí me encanta el centro y, como tengo tiempo de sobra, no lo pensé nada y hacia el centro salimos Nory Flores y yo.

Me dijo que quería ir a ver a una sioux que hace muchos años vendía collares en el Hula Hula pero no recordaba cómo llegar ahí. Yo le dije que no se preocupara, que yo conozco el centro y salimos de su gran camioneta y luego del Estacionamiento Morazán en dirección a Catedral para luego llegar al Hula Hula. 

Llegamos. Nory parecía turista con sus lentes oscuros y su cabello bien arreglado y, ahora que lo pienso, no sólo parecía, sino que era una turista. Después de caminar por media cuadra en la acera del parque, encontramos el puesto de la sioux que, según Nory, estaba igual de bella como la recordaba pero más vieja. Nory no quizo decirle que le solía comprar artesanías muy seguido hace años porque, seguramente, la mujer no se acordaría de ella, pero le compró varios collares que usaría como decoración en su casa —según me dijo— y eso fue todo. Un señor mexicano nos ofreció tacos en el puesto de al lado pero aún no teníamos hambre.

Luego bajamos al Mercado Ex Cuartel porque Nory iba a comprar unos corbos con el escudo de El Salvador para llevar de regalo en su próxima gira por California y Texas. Mientras caminábamos hacia el mercado, ella se notaba nostálgica, alegre de volver a caminar por esas calles. Imaginé que quizás iba cantando una canción en su cabeza, o recordando a un ex novio o algo así. 

La niña Tina fue la que nos ofreció los corbos más baratos y nos los vendió rápidamente. Sólo dimos un paso para salir del puesto cuando una gitana llegó a echarle una maldición a la niña Tina porque, según alcanzamos a entender, había tratado de evangelizar a su hija y eso había disgustado mucho a la gitana: respiraba fuerte, gritaba agudo y sus manos se movían velozmente amenazadoras. La niña Tina le gritó todos los versículos de la Biblia que se sabía de memoria y la reprendió "¡¡¡en el nombre de Jesús de Nazaret!!!". Abriéndose paso por los mirones y los diferentes colores de piel y acentos, llegaron dos vigilantes a calmaralas y a terminar con el pleito; uno era cubano y el otro, ruso. 

Atrás dejamos el pleito, ya era casi medio día y Nory quería comer en el famoso Pip's Carymar. Le advertí que teníamos que caminar como ocho cuadras pero no le importó. Realmente andaba muy emocionada de andar en el centro. Casi le vi un gesto rezagado de su niñez. A nuestro paso vimos señoras vendiendo verduras, hombres vendiendo películas piratas, borrachos-tira-besitos, mujeres quechuas con sus hijos en sus espaldas hablando con indígenas guatemaltecas que llevaban a sus hijos de la misma manera; y vimos a una mursi que se había quitado el disco de barro de su labio inferior perforado y lo ocupaba como comalito para hacer pequeñitas pupusas, unas geishas iban caminando juntas como yendo al Teatro Nacional y unos novios discutían en voz alta en italiano. En eso, Nory me dijo:

—No. No ha cambiado tanto, Nadie. Talvez esté más descuidado y los edificios se estén cayendo, pero la gente es igual.

Me hizo sonreír.

Al fin en Carymar, una inuit nos atendió y ordenamos unas pupusas. Al fondo, atrás de la caja, otras dos inuit hacían una competencia de canto gutural y no pude evitar quedarme viendo; al final ganó la más joven cuando la mayor se empezó a carcajear y yo me reí también desde mi mesa y Nory se rió y me dijo que yo era algo metido, que debía aprender a ver las diferencias como algo normal. No le argumenté porque en eso nos sirvieron las pupusas y comimos en silencio, disfrutando de ver a la gente pasar al lado de la calle, afuera de la gran vitrina que nos separaba de estar a la intemperie. Al terminar nuestra comida Nory me dijo que siempre le habían gustado los colores con los que se visten las inuit y los razgados ojos que tienen. Asentí. Me dijo que era mentira lo de que soy metido, que entendía cuan hipnótico puede ser el canto de ellas y sonreímos. Creo que ambos nos sentimos como niños. Atrás, en el pasaje Montalvo, les compramos galletas a los chinos.

Salimos. Caminamos calle abajo de regreso al estacionamiento. Ya Nory tenía sus collares y sus recuerdos frescos otra vez. Al llegar a la Plaza Morazán, frente al estacionamiento, Nory me sorprendió y salió corriendo a pararse junto al monumento de la plaza. Yo la veía más feliz que nunca. La gente se le quedó viendo y varios la reconocieron. Una pareja hawaniana le tomó fotos, una huichola la miró severamente y un masái altísimo saltó contento cuando Nory comenzó a cantar de felicidad. Fue imposible que no se aglomerara la gente cuando ya iba por la parte de su famosa canción que dice:

Mi país.
Mi país, ¡qué lindo es mi país!
Están ahí
las razas todas en mi país.

--
Imágenes: Mujer quechua por Dale John Larsen, mujer inuit por Lomen Bros, mujer mursi por Sergio Pessolano.
A Esaú y Pedro por las noches de analizar cosas grenchas.
Por reglas estricatas de este blog no puedo subir el video de la canción a la que se hace referencia, pero lo puede ver haciendo clik aquí.

2 comentarios:

Elena dijo...

Ahhhhhhhh, me costó entender, pero al final entendí!!!

Así es, todas las razas...

Nadie dijo...

Cabal. Hemos de ser el país más cosmopolita del mundo, Elena.