miércoles, 13 de mayo de 2009

El techo es la pared

Se da un paso hacia adentro de mi cuarto y no se puede dar otro porque ya hay algo en el piso que lo impide: ropa sucia, cuadernos, cajas, dos lámparas de mesa. La única opción que queda es sentarse o acostarse en la cama que está justo a un lado de la puerta, a la izquierda. Toda otra actividad como agarrar un libro, sacar ropa del clóset o vestirse se tiene que hacer desde ese pequeño espacio en la entrada o sobre la cama. Se escribe acostado en la cama. Se lee así, también.

Ahí, la mayor parte del tiempo se pasa acostado. Es por eso que el verdadero piso de ese cuarto es una pared y el techo, otra. Las paredes reales son el techo, el piso y dos paredes más. Blancas, las paredes. Grises, el techo y el piso. Ahí el orden convencional no existe; quizás, ni la gravedad. La habitación es, por obvias razones, un desorden.

Si uno se sitúa —irremediablemente— desde la entrada, ve al otro lado, en la esquina, un clóset de madera. Tres cinchos cuelgan de la puerta y nunca se usan. A la derecha, pegado a la pared, hay un mueble con cinco gavetas que guarda telas, documentos legales, cuadernos viejos, agujas, incienso, hilo. Sobre ese mueble hay una máquina de coser.

Un poco a la izquierda —como 10 centímetros a la izquierda— hay una mesita negra, bajita, donde varios escritores, vivos y muertos, comparten espacio, de alguna manera. Algunos se llaman Molière, o Salarrué, o Ana María Nafría, o Fernando Vallejo, o Ricardo Lindo. Algunos tienen otros nombres.

A la izquierda de esa mesita queda el clóset del que ya se habló. Pero a la izquierda del clóset está la ventana, siempre cerrada porque no se alcanza a llegar ahí. Tendría que entrar algún huracán que arrasara con todo y que abriera el camino hacia esa ventana. O tendría yo que ser más ordenado. No sé. Sólo se puede verla. No se puede ver a través.

Siguiendo la nada extraviada ruta se llega a la cama. No hay nada extraordinario en ella. Sólo cabe una persona, es blanca. El cubrecama es blanco, las sábanas también. No hay almohadas sobre ella: están en el clóset. Para apreciarla mejor, se puede acostar encima y, así, ver con claridad que el techo, frente a uno, es una pared y el piso, atrás, es otra. Que una pared sobre la cabeza es el techo y otra pared bajo los pies es el piso. Y detrás de la pared que es el techo está el cielo que, desde esta perspectiva, es el mar.

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Otra tarea para mi clase de Redacción. No piense que encuentro mi cuarto como un tema relevante sobre el cual postear. No se atreva a pensarlo.

3 comentarios:

miguelmolinatobar dijo...

Esta entrada me mareó. Pero en el buen sentido.

Lex dijo...

Se da un paso hacia adentro de mi cuarto y se puede elegir trés caminos. Uno hacia la ventana, que está en la pared opuesta a la de la puerta. Uno otro, que va por la derecha de la cama, que está ubicada en el centro del cuarto, te lleva al clóset, donde están mis ropas y algunos recuerdos colgados en las perchas invisibles. Pero si eliges ése tercer camino, a la izquierda de la cama, pasarás por la mesa donde está mi ordenador y, si observas bien, pegada a la pared, vuela una "abeja reina".

Nadie dijo...

:O Qué chivo, Miguel. :)

:O Ya sé cuál abeja reina es, Lex. :)