lunes, 21 de febrero de 2011

Otra tarde en que me siento a ver qué ondas

Otra vez sentado aquí. Escribo esa frase justo cuando el muchacho más lindo que he visto en días para frente a mí y me ve, y lo veo; sigo sentado y él sigue caminando entre el pasillo largo (como él) y, al menos, un segundo en la vida, nos vimos. Él caminando, mochila al hombro, tan despreocupado que seguramente no es gay; sólo es un muchacho con lentes, que lee y le da curiosidad la gente que escribe en pasillos (como yo) con luz opaca, con suficiente gente caminando en ellos que no molesta, con suficiente brisa para que sea agradable, con suficiente cantidad de nubes iluminadas de rosado para que sea poética la tarde y se vea lo celeste del cielo. Rápido oscurece. Se comienzan a notar las luces entre las plantas, las que salen del suelo y de las vitrinas de ópticas. Una pareja de muchachos se sienta a mi lado: tienen el pelo corto, no más de 19 años, se les ve el elástico del boxer, fuman y tienen acento de gays; son feos, pero qué bonitos se ven. Todos aquí son lindos. Incluso el vigilante parado ahí, callado, pensando quién sabe qué; ojalá sobre su vida, ojalá algo bonito, algo que me guste a mí que piense. Porque hoy todo me gusta. Los grupos de señores tomando café. Otros gays pasando. Grupos de sordomudos que no sé si es que están hablando o si es la intervención de algún grupo de danza contemporánea que desconozco. Prefiero lo segundo, lo menos probable. Estudiantes de Letras hablando cosas interesantes con otros literatos ya mayores, con barba, que fuman, que hablan con boca y manos, en una coreografía distinta a la de los sordomudos; todos hombres, masculinos, guapos algunos, los jóvenes tienen la cabeza rapada, los mayores se dejan crecer la barba y, aunque en otras ocasiones puedan parecer pretenciosos intelectualoides de cafetería, hoy son diferentes, son genuinos, son muchachos que se reúnen a tomar café por las tardes, a hablar de literatura en este clima tan agradable, tan extraño en esta época del año. Dos de los sordomudos son gays, ahorita lo noto. Yo estoy sentado aquí, otra vez. Uso este pequeño muro, al lado de la rampa para sillas de ruedas, como una banca de una plaza pública de un país donde es agradable salir a sentarse a la calle a ver a la gente pasar o sentarse a tomar algo o a escribir. En las mesas de la orilla del café al aire libre, está sentado Francisco Borja, como siempre; lo rodean muchachos y muchachas actores y actrices, todos y todas jóvenes. Ven algo en una laptop, comentan, se ríen. Todo es normal. Así es todo siempre aquí. Ya es de noche. Quisiera estar en el volcán, donde parpadean las luces rojas de las torres que se ven atrás del Intercontinental. Quisiera sentir el frío, no llevar suéter; ver hacia San Salvador desde ahí y tener la seguridad de que una pareja de lesbianas camina a agarrar el bus, que los empleados de Sykes salen a comer con sus gafetes afuera, que bajo las sombrillas del Coffee Cup se traman proyectos diversos; que Francisco Borja está ahí, sentado, como ha estado sentado ahí por años, como lo seguirá estando.

2 comentarios:

Marilyn Foes dijo...

Es verdad! él siempre estará ahí! me agrada mucho como describes todo.

Nadie dijo...

Marilyn Foes, muchas gracias. Saludos,