23 de febrero de 2013

Ceder

Cedí, nuevamente, y esta vez con todo el peso de mi cuerpo. No encontré razón por la cual seguir resistiendo, al menos en ese momento. Ante la gravedad, me dejé vencer y no hice resistencia a pesar de los frenazos repentinos, del pelo rubio de señora puyándome la cara, de las vergas de maitros rozándome las nalgas, de los hombros de niñitas rozándome el pene; no pude más seguir tensando mis músculos débiles, ni proteger mi cuerpo, ni apartarme. Metanseparadentro, topémono-topémono-topémono, caminemoparatrás porfavor, avancemojavancemojavancemoseñores, caminenparadentro, atrajayespacio atrajayespacio atrajayespacio atrajayespacio, colaboremoporfavorseñores. Entonces me dejé caer, cedí. Me amoldé a las formas de la violencia y permití que mi cuerpo se deformara tanto como las demás personas quisieran. No puse resistencia ante el frenazo. Doblado de la cadera, topé todo mi cuerpo al de la señora rubia porque la gravedad me tiró. Y, ante el acelerón, la fuerza tiró mi cuerpo en dirección contraria y el señor a mi lado sólo pudo asustarse, pensar en él, en su seguridad, y luego pensar en mí, en si me estaba muriendo. Nos rozamos, fuerte y apretados. Rocé las espaldas y las nalgas de cuatro gentes. Caí acostado entre los pies y el olor de los pasajeros; entre algún grito, la carcajada de un bichito. Cuando soy consciente de cuánto me duelen las coyunturas, no puedo evitar llorar, y lloré y reí por lo absurdo de todos los años que había resistido, de todos los años que estas personas viene resistiendo, por lo absurdo que estas personas han de verme tirado entre ellas, por verme, por verlos viéndome.

5 de febrero de 2013

Max

Él tuvo un tumor que le dejó un agujero detrás de una oreja, luego tuvo diabetes y le cortaron una pierna. Usó muletas. Yo estoy mutilado por él, porque nuestra relación llegó a un punto en que me ordenó anestesiarme y desperté sin pene, ni testículos. Decidimos quedarnos juntos sin hablarlo, sólo nos quedamos. Ya sabíamos cómo éramos, no tendríamos que explicar nada ya. Así pasó. No dijimos nada y no nos volvimos a dirigir la palabra. Todos los años antes de que él muriera no volvimos a hablarnos. Apenas nos comunicábamos por señas para pedir que alguno le diera paso al otro por los pasillos de la casa. Yo salía a comprar comida. En esos momentos imaginaba que él aprovechaba para hablar solo. Yo era parco con los vendedores del mercado, con los cajeros de los bancos, con las mujeres que atienden en la alcaldía. Al regresar, metía las compras en sus lugares y él cocinaba, se esperaba a que saliera de la cocina para entrar. Luego servía la mesa, casi aventaba los platos para que yo supiera que podía entrar a comer. Esto era dos veces al día. Comíamos sentados frente al otro, sin vernos a la cara jamás, ni por curiosidad. Cada uno era una mancha desenfocada que se movía y emitía ruidos de golpeteo sobre porcelana. Siempre lavaba los platos el último que terminaba de comer. Así estuvimos por años, un poco más de dos décadas. Yo tengo cuarenta. Él tenía más de setenta. Lo encontré tirado en el jardín, detrás de una parra con geranios que cuidaba. Me costó decidirme a tomarle el pulso. Me senté a su lado y apreté su muñeca. Vi el cielo. Nada en él se movía. Puse mi oreja en su pecho después de años de no hacerlo y no escuché su corazón. Reí como habiendo escuchado el chiste más gracioso y lloré. Reí tanto que me cansé rápido y caí acostado junto a él. Nunca lo amé. No lo amo. Lo quise dejar ahí tirado, a podrirse sobre sus geranios, a que se lo coman. Si nunca me amó y ahora ya no me puede amar, yo nunca lo amaré. No pienso contestar preguntas de autoridades. Me levanto, seco las lágrimas de la risa. Entro a la casa y me dirijo a la cocina. Tengo que pensar rápido en mi suicidio.