sábado, 23 de febrero de 2013

Ceder

Cedí, nuevamente, y esta vez con todo el peso de mi cuerpo. No encontré razón por la cual seguir resistiendo, al menos en ese momento. Ante la gravedad, me dejé vencer y no hice resistencia a pesar de los frenazos repentinos, del pelo rubio de señora puyándome la cara, de las vergas de maitros rozándome las nalgas, de los hombros de niñitas rozándome el pene; no pude más seguir tensando mis músculos débiles, ni proteger mi cuerpo, ni apartarme. Metanseparadentro, topémono-topémono-topémono, caminemoparatrás porfavor, avancemojavancemojavancemoseñores, caminenparadentro, atrajayespacio atrajayespacio atrajayespacio atrajayespacio, colaboremoporfavorseñores. Entonces me dejé caer, cedí. Me amoldé a las formas de la violencia y permití que mi cuerpo se deformara tanto como las demás personas quisieran. No puse resistencia ante el frenazo. Doblado de la cadera, topé todo mi cuerpo al de la señora rubia porque la gravedad me tiró. Y, ante el acelerón, la fuerza tiró mi cuerpo en dirección contraria y el señor a mi lado sólo pudo asustarse, pensar en él, en su seguridad, y luego pensar en mí, en si me estaba muriendo. Nos rozamos, fuerte y apretados. Rocé las espaldas y las nalgas de cuatro gentes. Caí acostado entre los pies y el olor de los pasajeros; entre algún grito, la carcajada de un bichito. Cuando soy consciente de cuánto me duelen las coyunturas, no puedo evitar llorar, y lloré y reí por lo absurdo de todos los años que había resistido, de todos los años que estas personas viene resistiendo, por lo absurdo que estas personas han de verme tirado entre ellas, por verme, por verlos viéndome.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Pausa / Play



Me imagino que por primera vez estoy en este lugar y me doy cuenta de lo bonito que es.
Me imagino que soy de un país cercano
y que las luces no son por esta época. Parpadean.
Imagino que no será de noche y estará esta hora y nada más será,
no será de noche hasta que podás estar aquí y, cuando vengás, 
otra vez 
la Tierra rotará y estaremos del lado oscuro juntos;
el tráfico se moverá,
la gente que ha terminado de comer se podrá ir
y el video musical saldrá de pausa.
Cuando vengás, cuando podás venir,
dejaré de escribir esto y los comensales que se van te saludarán,
se despedirán de mí. Guardaré el lapicero
y mis trazos terminan y la ciudad continúa.

¿Qué querés?

Te estábamos esperando.

Uno no es la solución de nada

Decirle a alguien «no te preocupés, no estés triste; aquí estoy yo, me tenés a mí» es de las cosas más egoístas y estúpidas que podríamos decir.
Está la persona emproblemada, entristecida, lidiando con el problema, sintiendo los efectos físicos de él; y ante el valioso acto de compartirnos su intimidad, lo primero que se  nos ocurre decir es «aquí estoy yo», como que de nosotros se tratara, como que nuestra presencia realmente fuera una droga que cura toda tristeza y sólo por estar con nosotros los problemas se terminan, el dinero se multiplica en las bolsas y fluye por los cines, librerías y cafés.
¿En qué le ayuda a un ser querido y triste que uno exista?, ¿cómo le afecta que uno esté a cierta distancia, respirando, tomando Coca-Cola?

Todo se trata de uno mismo.

Decir «manteme al día de tu problema, estoy preocupado por vos» no es menos egoísta, menos tonto. Queremos que el problema del otro se solucione para ya no estar preocupados y que el malestar desaparezca y poder seguir tranquilos en Internet. Se convierte nuestro problema que otra persona, que una persona querida, tenga un problema y buscar la manera de solucionar el problema de quien se quiere no es más que solucionar el nuestro. 

Nunca hemos ayudado a nadie, 
sólo nos estamos ayudando a nosotros mismos.

Fantasía

Lo que para muchos es rutina, para mí es meta, 
ahora fantasía.
Muchos llegan en la noche a sus casas, tienen llaves en la bolsa del pantalón y las usan, abren su puerta y ya están adentro, como si nada, como si nada fuera estar ahí, y se quitan los zapatos, se ponen cómodos y la casa tiene varias habitaciones destinadas a distintas actividades; van, tienen huevos refrigerados, cereales y agua, porcelana y cubiertos metálicos a su disposición, no le tienen que decir a nadie que se los presten, son de ellos, pueden dejarlos sin lavar cuanto quieran y no hay problema porque en esa casa de varias habitaciones, tres o seis, sólo importa lo que ellos piensen y dispongan; pueden estar a oscuras toda la noche por placer y observar cómo la luz de candelas afecta el ambiente y modificarlo, ir descubriendo qué ambiente es el más agradable dependiendo del clima, si llueve o hace viento; se sientan en un sillón cómodo después de comer, retienen un segundo la imagen de alguna película donde alguien se sienta en un sillón frente a una chimenea y el fuego se refleja ondulante en su piel, sienten tranquilidad, la tienen, piensan en lo que hicieron durante el día, qué harán mañana y se emocionan un poco, ocupan el teléfono, sus amigos están ahí y la conversación fluye cómoda; respiran, sienten en placer el sueño y se cepillan los dientes en sus baños blancos y realizan su rutina de cuidado de la piel; entran a la habitación donde duermen, en ella hay una cama quizás desordenada; para ellos no es relevante el momento en que se apoyan con una rodilla en el colchón, el primer contacto, y van colocando el resto del cuerpo sobre la cama, una cama que no significa nada, que no es un logro, con almohadas y sábanas blancas que no han sido regaladas por amigos ni a razón de sus mudanzas, que han sido compradas; se acuestan sin saberlo, sin saber qué implica ni lo que importa poder acostarse entre esas sábanas donde respirarán toda la noche inconscientes, mientras sueñan con camas más grandes y casas con más habitaciones, más blancas, donde realizar más actividades como yoga, croché o sacerdocio maya; cinco minutos antes del amanecer, despiertan, estiran su cuerpo, califican su cuerpo, hacen planes para mejorar su cuerpo y preparan café; cinco minutos después, abren una ventana o salen a una terraza y ven el amanecer; es agradable para todos, con menor o mayor intensidad, dependiendo de si es invierno o no; ven el amanecer, parece que se inspiran, maravillados, y piensan que la vida es linda; ¿hoy qué?, ¿qué harán?, ¿qué necesitarán de hoy?; ¿un par de jeans?, ¿un puro de marihuana?, ¿una alfombra para el baño?, ¿una boina?; no importa, nada importa porque es posible, está al alcance, todo; estiran la mano y ahí está: hay una fiesta, hay una fotografía, está un gato, está la vista privilegiada de San Salvador, hay un póster enmarcado; está una camiseta, una estatua de Buda, El castillo ambulante y café, té.

domingo, 7 de octubre de 2012

Veintisiete años

Askfjhsklfajfhlkajfhaksfjbañkvqbkvajshfdksaljsbfaksfjba.
27

viernes, 5 de octubre de 2012

Sólo existen las personas que he besado

Tener una relación íntima es la necesidad de saber que otra persona existe, confirmarlo. Es una constante comprobación de la existencia del otro a través del contacto más íntimo. Se tiene la necesidad de verse con frecuencia; verse por verse; para verse, nada más. Se crean excusas como ir al cine o salir a comer por la simple necesidad de verse, de verse al lado del otro, de sentirle y sentir que hay otra persona que siente la necesidad de saber que nosotros existimos, que somos reales también.

Se agarran de las manos y no se sueltan. Cuesta soltarse, no se quiere. Temor.

Se besan. Alguien que no exista no podría tener boca, abrirla, dejarnos meter la lengua e intercambiar saliva, gingivitis.

Tienen sexo. Necesidad de comprobar que hay algo adentro de esa persona, tocarlo; llenarla de más cosas. Saliva. Semen. Lengua. Dildo. Bebé. Puño. Dos penes.

Las demás personas pueden no serlo si nunca las hemos besado, al menos. Nada consta. Podríamos estar imaginándolas. Al saludarlas, podría ser una rama la que estrechamos, o una manija, una cuerda, o una palanca. Las demás personas podrían fingir quienes son ante nosotros y, en realidad, ser otros y no llamarse José David o Elena y montar la farsa sólo en las reuniones sociales programadas, en los encuentros casuales —si lo fueran— y por chat.
Cuando José David dice «Bésame», ¿está pidiendo que comprueben que es real?
Cuando Elena besa sus libros, ¿se vuelve de verdad?
¿O lo hacen para distraernos y que los pensemos comprobados como personas que existen, que no hay nada que sospechar de ellos, que no hay que desconfiar?
Ese nombre y ese autógrafo alejan nuestros pensamientos de sus besos al imaginarlos satisfechos, ya besados sin estarlo, complacidos.
Para mí sólo existen las personas que he besado. De todas las demás desconfío, no las creo. Sólo existen las personas que han comprobado que existo, que me han comprobado que existo y que no estoy vacío porque me han llenado de cosas y han tocado explícitamente todo lo que tengo adentro. 

Cuando me ven, saben quién soy y son los únicos.

Cuando sus dientes de arriba tocan su labio de abajo y la pupila rodeada de color toca el borde del párpado, sé qué siente, o que algo oculta, o que tiene sueño, o que fantasea.
Los demás pueden ser cualquier cosa. Gente gritando en cafeterías. Gente iluminada de rosado en una Coaster. Baches. Obstáculos. Reductores de velocidad.

La única gente que existe es horizonte nunca al medio día;
horizonte con la luz adecuada, azul;
horizonte de octubre-noviembre
siempre tarde,
siempre amaneciendo.

sábado, 22 de septiembre de 2012

San Salvador parece ciudad

uno
Sin luz el cine, con trueno. Tic y espera. Por favor, espere. Me siento solo. Me siento solo, pero siempre he estado solo. Abajo los dos brazos del asiento. Apagón, golpe, tic, espera. Cada quien. Cada quien es responsable de sus sentimientos.

dos
San Salvador parece ciudad. Las fugas de agua parecen Legorreta. Aquí este clima es frío y sudan los cuellos bajo bufandas, se abren paraguas en el reflejo de calles mojadas, se salpican botas, se enlodan ruedos. Está el problema de cómo llegar de un lado a otro, siempre; se oye en los celulares. Ciudad que escurre. Ciudad que escurre charco.

tres
Camino cuando cierne. 

cuatro
Oigo el grito al unísono por la ranchera. Imagino el grito olor a cerveza. Temprano, desde las siete, comienza la gente a revisar la basura; no sólo los indigentes, también la señoras con delantal y madre vieja. La Tecnológica rebalsa. Montón de basura del Don Arce. «Cómase esto, mamá». Sobras de pupusas. Montón de basura en la esquina del Banco Central de Reserva. Anciana inclinada hurga con la cara las bolsas blancas y el tufo. Niño huele pega al otro lado, frente al Pollo Real cerrado. No me detengo entre ellos. Sólo paso. Solo paso.

cinco
La calle entre el teatro y Luis Cornejo, cerrada. Decenas de camionetas parqueadas. Camión militar vaciado de soldados esparcidos por la cuadra. Uno solo entre la sombra. Dos cerca que platican. Haría una toma sin corte desde las enormes camionetas hasta la basura y la gente a diez metros. Haría una toma sin corte si trabajara en TVX.

seis
Esto, fotografiado, sería lindo;
pero hiede. 

sábado, 8 de septiembre de 2012

Verga

¿Qué hacés aquí?

Quedate conmigo, contaremos centavos.

Deshará una servilleta la lluvia en tu cabeza, la deshizo.

¿Qué hacemos?
Hablar nada importante.
Ver una mala obra de teatro,
una menos mala
y así…

Cabezas en la esquina, a cada lado de la esquina, recostadas
y grada, video extranjero.

¿Te has fijado en cuántas mujeres musulmanas andan?
Una.

Dos.
Aquí ando yo
y veo el relevo de pareja gay en la mesa del café,
encuentro las palabras tarde,
no le hablo a la mujer sola y triste de al lado,
me grabo,

encuentro tarde los gestos,
enlisto.

¿Qué hacés aquí?
Valgamos verga.

Hablemos borrachos toda la noche
para no acordarnos.
Meté tu mano.
Mirá hacia el techo en la mañana,
la mancha de humedad,
la cuadrícula del piso reflejada.



viernes, 7 de septiembre de 2012

21 21 22 22

Como monstruo esperando el bus.
Hidrante doblado oscuro en la sombra.
Pelusa.
Como monstruo que sea y entre mis dedos sus risos
acondicionados Schwarzkopf.

¿y si ante mí habla?,
¿y si ante mí dice la verdad sobre las gentes?,
¿y si ante mí miente? 
¿ante quién hablará?,
¿ante quién dirá la verdad sobre mí?;
si no es conmigo, ¿ante quién lo dirá? 
y si todos me cuentan sus secretos y confían,
¿ante quién confiarán mis secretos?,
¿ante quién hablarán? 
¿ante quién hablar de mí?

Que sea como monstruo, que hieda.
Que sea humo saliendo de un ano.
Grisáceo.
Que venga.
Tengo la boca abierta,

tengo el pelo en el suelo,
tengo el pelo en una gaveta,
tengo destellos LED,
semáforo en verde en los ojos,
pantalla de celular entre mis manos
—veintiuno, veintiuno, veintidós, veintidós—,
tengo la rodilla raspada;
tengo mis cosas conmigo, saliendo;

los labios salados,
una flema permanente,
bacterias en las axilas,
un diente extranumerario,
rapón de pene,
pelusa.


jueves, 6 de septiembre de 2012

Negro / El Hernández en mí

Acostarse es metáfora.
Dos acostados no pueden estar igual si no quieren estar separados.
Acostarse en contacto.
Habrá el que abrace y se aferre
al tórax del otro, a su vida y compañía.
Habrá el que lo necesite.
Habrá el que reciba el abrazo y lo analizará ligeramente,
verá hacia una esquina como si nada,
como si nada fuera un abrazo
y se rascará la cabeza.
Habrá el que esté más allá del momento y se proyecte siempre.
Entre penumbra, la esquina.
Entre penumbra, un feto de veinte años.
Los ángulos de acostarse no son cómodos.
Salen rodillas y codos
y en esas puntas cae el contacto del otro blando.
Bucar el tórax es sólo querer estar a salvo,
aliviarse para mientras
de los filos de los huesos cerca de la piel.
Sale la quijada.
Que no hieran los huesos el abrazo.
Que no hiera el abrazo en la penumbra.