5 de febrero de 2013

Max

Él tuvo un tumor que le dejó un agujero detrás de una oreja, luego tuvo diabetes y le cortaron una pierna. Usó muletas. Yo estoy mutilado por él, porque nuestra relación llegó a un punto en que me ordenó anestesiarme y desperté sin pene, ni testículos. Decidimos quedarnos juntos sin hablarlo, sólo nos quedamos. Ya sabíamos cómo éramos, no tendríamos que explicar nada ya. Así pasó. No dijimos nada y no nos volvimos a dirigir la palabra. Todos los años antes de que él muriera no volvimos a hablarnos. Apenas nos comunicábamos por señas para pedir que alguno le diera paso al otro por los pasillos de la casa. Yo salía a comprar comida. En esos momentos imaginaba que él aprovechaba para hablar solo. Yo era parco con los vendedores del mercado, con los cajeros de los bancos, con las mujeres que atienden en la alcaldía. Al regresar, metía las compras en sus lugares y él cocinaba, se esperaba a que saliera de la cocina para entrar. Luego servía la mesa, casi aventaba los platos para que yo supiera que podía entrar a comer. Esto era dos veces al día. Comíamos sentados frente al otro, sin vernos a la cara jamás, ni por curiosidad. Cada uno era una mancha desenfocada que se movía y emitía ruidos de golpeteo sobre porcelana. Siempre lavaba los platos el último que terminaba de comer. Así estuvimos por años, un poco más de dos décadas. Yo tengo cuarenta. Él tenía más de setenta. Lo encontré tirado en el jardín, detrás de una parra con geranios que cuidaba. Me costó decidirme a tomarle el pulso. Me senté a su lado y apreté su muñeca. Vi el cielo. Nada en él se movía. Puse mi oreja en su pecho después de años de no hacerlo y no escuché su corazón. Reí como habiendo escuchado el chiste más gracioso y lloré. Reí tanto que me cansé rápido y caí acostado junto a él. Nunca lo amé. No lo amo. Lo quise dejar ahí tirado, a podrirse sobre sus geranios, a que se lo coman. Si nunca me amó y ahora ya no me puede amar, yo nunca lo amaré. No pienso contestar preguntas de autoridades. Me levanto, seco las lágrimas de la risa. Entro a la casa y me dirijo a la cocina. Tengo que pensar rápido en mi suicidio.

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