“Ya se puede casar” diría mi abuela.
Lavo ropa a mano, cocino, horneo brownies (de los de verdad, no de los de mezcla para sólo agregar agua) y quesadillas de queso; en mi máquina de coser hago remiendos, ruedos, arreglos y hasta uno que otro pantalón. También quiero meterme a clases de confección de ropa en una pequeña academia del centro donde una viejita enseña costura a otras viejitas y voy a aprender a tejer y a bordar por Internet. Si tuviera senos y vagina (y dientes perfectamente parejos después de haber usado frenos en la adolescencia) sería la ama de casa ideal: ¡ni la Bree Van de Kamp de Desperate Housewives!
Pero, graciasadios, no lo soy (sin menospreciar a las mujeres). Soy hombre y me gusta serlo así como me gustan los hombres. Soy hombre… con barba y vellos sin rasurar en las piernas, con bigote y pene… pero soy un hombre solo, soltero desde hace dos años, tratando de encontrar en la cara bonita de algún muchacho un espacio pequeño (de 1.65m) donde quepamos yo y mi cabello largo, y mis poemas, y mis dibujos; mis idas obsesivas al teatro y todas esas cosas; las fantasías.
Mientras tanto, ni espero; si me pongo a esperar conscientemente, sentiría el tiempo demasiado largo y me desesperaría, comenzaría a buscar sexo de una sola noche (one night stand es el término en mi cabeza) en algún tonto chat y terminaría en una inútil discusión con algún “SeXyBoY69” o algún “BI-MAN36: OSO,UNI+PAS,DOTADO,ZONA UCA” sobre por qué no estoy de acuerdo en que los gays se denominen “pasivo”, “activo” y “universal” y que en los primeros cinco minutos de conversación le pregunten a uno en cuál de esas categorías se sitúa como que esa fuera una pregunta cotidiana del nivel de “¿qué tipo de música te gusta?”
Mientras tanto, mejor sigo viviendo, respirando y dando vueltas por San Salvador. Mientras tanto, simplemente, veo las caras de los muchachos bonitos de lejos (como detrás de una vitrina o como en un zoológico) y me conmuevo fácilmente con ficticias relaciones amorosas heterosexuales de la televisión: justo quince minutos antes de que termine el episodio de Sex and the City del día ya siento las lágrimas aflojándose. Que sea esta sensación la que me mantenga viva las mariposas en la panza de las que tanto hablan. Tienen que estar bellas para cuando me vuelva a enamorar.




