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8 de agosto de 2011

Descripción

Sin camisa y frío. Casi seca la tinta de la pluma. Luz sobre el poste y sobre partes de los árboles cerca. Estrellas que lo son y que son el cielo visto a través de los espacios entre las hojas. Luces de afuera y de adentro. El arco constante de los árboles sobre la carretera es nuestro túnel. Se difuminan camiones en sentido contrario. La colonia a lo lejos parece las luciérnagas amontonadas sobre la casa que está cerca. Casa blanca. Cunetas sombreadas. Sutiles formas vegetales en escala de grises. Niños a la mesa de madera bajo el techo de lámina. Zancudo dentro. Mosca afuera. Calle debajo y animales muertos. Sombra de estructura metálica sobre el vidrio empañado. Dos mujeres en un terreno baldío, sin luz. Pequeño puentes. Ríos secos donde pasa el frío. Columnas de bambús detienen ramadas y no hay gente. Cabra pasta bajo la lámpara de un poste. Santa Ana a lo cerca, ahora. Iglesia. Luz roja de torre. Colonia en lo alto. Otra vez desolación. Lotificación. Cruz. La Luz del Mundo. Gente que regresa dormida a dormir. Valle irreconocible, negro. Árboles negros en medio. Árbol bloqueando la luz. Veloces hacia abajo. Los últimos buses de la noche. Postes con extremidades cortas. Hornos apagados. Hornos de ladrillos. Lámparas quebradas. Gente espera bus aún. Lugares conocidos. 79. Lugar de la muerte de un tío desconocido. Reductores de velocidad. Columpios sombríos. Muros de contención grafietados. Perro en un carro. Montaña partida a un lado. Caseta de vigilancia. Pick up. Retorno. Rótulo en blanco. Valla publicitaria de agua. La ciudad más cercana a San Salvador. Tres años del pasado. Volcán que ahí está y no lo veo. Cinco señoras en una farmacia. Feo monumento. Moteles. Poder caminar de aquí a la casa de mi papá sin perderme. Saber a dónde va ese desvío. Carretera Panamericana. Centros comerciales. Gente pobre al lado. Las universidades de siempre. Las mismas mentiras. El amor. La nomenclatura.

21 de febrero de 2011

Otra tarde en que me siento a ver qué ondas

Otra vez sentado aquí. Escribo esa frase justo cuando el muchacho más lindo que he visto en días para frente a mí y me ve, y lo veo; sigo sentado y él sigue caminando entre el pasillo largo (como él) y, al menos, un segundo en la vida, nos vimos. Él caminando, mochila al hombro, tan despreocupado que seguramente no es gay; sólo es un muchacho con lentes, que lee y le da curiosidad la gente que escribe en pasillos (como yo) con luz opaca, con suficiente gente caminando en ellos que no molesta, con suficiente brisa para que sea agradable, con suficiente cantidad de nubes iluminadas de rosado para que sea poética la tarde y se vea lo celeste del cielo. Rápido oscurece. Se comienzan a notar las luces entre las plantas, las que salen del suelo y de las vitrinas de ópticas. Una pareja de muchachos se sienta a mi lado: tienen el pelo corto, no más de 19 años, se les ve el elástico del boxer, fuman y tienen acento de gays; son feos, pero qué bonitos se ven. Todos aquí son lindos. Incluso el vigilante parado ahí, callado, pensando quién sabe qué; ojalá sobre su vida, ojalá algo bonito, algo que me guste a mí que piense. Porque hoy todo me gusta. Los grupos de señores tomando café. Otros gays pasando. Grupos de sordomudos que no sé si es que están hablando o si es la intervención de algún grupo de danza contemporánea que desconozco. Prefiero lo segundo, lo menos probable. Estudiantes de Letras hablando cosas interesantes con otros literatos ya mayores, con barba, que fuman, que hablan con boca y manos, en una coreografía distinta a la de los sordomudos; todos hombres, masculinos, guapos algunos, los jóvenes tienen la cabeza rapada, los mayores se dejan crecer la barba y, aunque en otras ocasiones puedan parecer pretenciosos intelectualoides de cafetería, hoy son diferentes, son genuinos, son muchachos que se reúnen a tomar café por las tardes, a hablar de literatura en este clima tan agradable, tan extraño en esta época del año. Dos de los sordomudos son gays, ahorita lo noto. Yo estoy sentado aquí, otra vez. Uso este pequeño muro, al lado de la rampa para sillas de ruedas, como una banca de una plaza pública de un país donde es agradable salir a sentarse a la calle a ver a la gente pasar o sentarse a tomar algo o a escribir. En las mesas de la orilla del café al aire libre, está sentado Francisco Borja, como siempre; lo rodean muchachos y muchachas actores y actrices, todos y todas jóvenes. Ven algo en una laptop, comentan, se ríen. Todo es normal. Así es todo siempre aquí. Ya es de noche. Quisiera estar en el volcán, donde parpadean las luces rojas de las torres que se ven atrás del Intercontinental. Quisiera sentir el frío, no llevar suéter; ver hacia San Salvador desde ahí y tener la seguridad de que una pareja de lesbianas camina a agarrar el bus, que los empleados de Sykes salen a comer con sus gafetes afuera, que bajo las sombrillas del Coffee Cup se traman proyectos diversos; que Francisco Borja está ahí, sentado, como ha estado sentado ahí por años, como lo seguirá estando.

24 de septiembre de 2010

Efraín,

Efráin, deberíamos tener dinero. Deberíamos comprar el edificio ese frente al Estacionamiento Morazán, el que queda entre donde era la Hispanoamérica y donde era la Casa Munguía, y sacar toda la ropa usada que ahí venden y meter a todos los amigos. Colgar cosas enormes de eso ganchos que cuelgan bajo el tragaluz, pintarlo de un color agradable y mantenerlo lo más limpio posible, lo más limpio POSIBLE. Deberíamos tener cosas que tomar en ese edificio: cervezas, café, tequila, ron, café, leche, agua, fresco de sandía, agua mineral, ron, horchata, vodka, café, tequila, café, agua, café, gaseosa. Deberíamos poder hacer todas las cosas que queremos ahí dentro. Deberíamos poder estar solos ahí dentro. Yo te aviso cuando quiera estar solo y vos te vas. Vos me avisás cuando querás estar solo y yo me voy y vos metés a Gustavo. Deberíamos poder iluminar el edificio desde afuera, proyectarle cosas (cualquiera) y, a veces, taparlo completamente con otras cosas más tangibles (que no imagino pero que bien podrían ser de periódico). La Elena podría llegar y cumplir a medias su fantasía de vivir en una casa vieja del centro de San Salvador. Si el SoFuckerFace se vuelve a poner a verga e incómodo, sólo lo meteríamos completamente dormido a otro cuarto, a que vomite a gusto y hasta se cague: tendríamos tanto espacio, no sentiríamos el mal olor. Luego, un valiente podría ir a tomarle fotos al estado deplorable del pobre maje y, no sé, imprimir esas fotos y, quizás, no sé, decir que es arte y, tal vez, puede ser, exponerlas en, me imagino, ese mismo edificio. Deberíamos comprarlo. Imaginar cómo era cuando era Super Selectos porque nunca entré cuando lo era o pedir que alguien nos cuente cómo era y reírnos. Imaginate: entrar, pasar por unas salas de estar, me imagino lámparas, y llegar al patio central medio iluminado por la luz que se traga el tragaluz y ver esas cosas enormes colgadas que aún no sé qué son, ni si serán, ni si pueden ser. No sé de dónde viene la necesidad de tanto espacio si apenas mido 1.65. Vos deberías de seguirme la corriente en lo que se me ocurra y yo debería de seguirte la corriente en lo que se que te ocurra y encontrar una manera de no teminar mis entradas de la misma manera como las comienzo. Efraín, deberíamos tener dinero.
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Imagen tomada del Flickr de René Aguiluz.

30 de marzo de 2010

Segundo sueño

El centro comercial, uno que no existe, bajo mis pies y al rededor y sobre mí. El tiempo traspasándome y la espera. No tan tarde, un poco noche. Un poco de frío sin suéter. Aire acondicionado, seguramente. Una gran ventana deja ver la ciudad. Ha de ser día quince o treinta. Luces blancas que vienen en hileras por las calles. Luces rojas que van. Todas lentas. El tráfico se ve insoportable. El tiempo y la espera siguen. 
Aparecés 
y yo no sé si darte la mano o abrazarte. 
Pendejo.
Foto tomada de mipaisacolores y modificada por mí. 

20 de febrero de 2010

Epéntesis

Yo entre las piedras que forman el muro. Yo entre una capa de pan y una de turrón del pastel de chocolate del anuncio. Yo manchado entre las nalgas de la vieja sentada frente a mí. Yo entre dos árboles al lado de la calle. Yo entre dos hombres esperando el bus. Yo uniendo dos edificios. Yo en el ramo de flores de foamy que venden en el bus. Yo en la vitrina de la panadería. Yo entre uno y otro track del disco pirata de cumbia. Yo, la tercera naranja con las que hace malabares un muchacho bajo un semáforo. Yo entre las letras del rótulo de Western Union. Yo agarrado de las manos de un novio y una novia.Yo entre una casa reconstruida y otra derrumbada de la Colonia Flor Blanca. Yo epéntesis. Yo ruta 42NadieA. Sinalefa yo. Yo entre las hojas caídas del otoño inexistente 
y el clima del verano. 

20 de enero de 2010

Mauricio


Todo es igual. La vieja del eterno frío y suéter. El nombre de esta ciudad. El dios que profesan las religiones. La moda pasajera. El monólogo de la vieja que habla sola. El maquillaje de la vieja que aún se pinta. La altura de los postes. Las plantas marchitas cobrizas enredadas en los cables. Las profecías de la iglesia y los cantos con megáfono. Los colores del partido. La ruta ferroviaria. El color de los muebles metálicos. Los platillos típicos y demás comidas. Los dibujos de dientes en los rótulos de los dentistas. El tipo de fuente de los carteles pintados en manta y colgados, sus colores y lo que dicen. La temperatura de la hora y la época. El gesto de vergüenza del peatón cuando se le deja pasar. El hidrate torcido. El precio por hora y fracción del parqueo.

Todo es igual, menos mi cara en el retrovisor. El microbús en marcha y el sol cambiando mi rostro con las sombras de los árboles, los cables, los pájaros aleteando alternadamente con mi pestañeo.
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El nombre de esta entrada es un nombre.

11 de noviembre de 2009

Sobras

Chuchito, catalnica, ardilla, tortuguita, hamster, gallo miniatura, conejo, tamagochi y, ahora, blog. Hay que alimentarlo, aunque sea con sobras:

UNO * Después de más de dos años. La casa se ha encogido así como ha encogido la ropa que usaba aquí. Las marcas que dejé permanecen bajo la pintura de las paredes. Mi papá me habla como si ni un día hubiera pasado desde que nací; me cuenta las mismas historias que sé de memoria pero había olvidado; [18/mayo/08]


DOS * Afuera del aeropuerto ya es México. El avión no es ningún país. Afuera del aeropuerto me encontré con Esaú, mi amigo, después de meses de no verlo.
-Esaú, él es Pablo. Él es Esaú.
-Mucho gusto (ambos). [01/junio/08]


TRES * (Suspiro.)
Bajo el escalerón del parque, ese que es parte de la Sala Nacional de Exposiciones que lleva el nombre de uno de mis escritores favoritos. Bajo hasta poner los pies en el suelo polvoso del parque, ese donde en la infancia me caí siempre de los caballos; ese parque que era más grande en mi infancia.
(Respiro.
Hay árboles.)
Mi amiga y yo buscamos algo de comida, como si fuéramos ardillas del parque... no lo somos, somos simples. Y luego de que dos señoras que venden tortas se pelearan por nosotros, le dimos el gane a la que nos ofreció primero sus productos y en su mesa nos sentamos; ahí nos quedamos y si hubieramos tratado de adivinar qué número de vez era esa en la que compartíamos la comida, nunca hubiéramos acertado. [20/noviembre/08]


CUATRO * La mujer que le habla a la basura.
El que, queriendo limpiártelos, te ensucia los zapatos arrastrándose por el pasillo del bus.
Los que escupen fuego y no tienen voz para pedirte una moneda; sólo, un gesto.
Los que hacen malabares con naranjas y no se las comen. 
Los que abrieron el canal de Pana... ¡huy! ¡perdón!; me desvié: ¡pecado! [13/febrero/09]


CINCO * Voy a describir lo que está alrededor de mí. No necesito estar en clase de Redacción desarrollando un ejercicio para hacerlo.
Debajo de mi cuaderno, la mesa es azul, hecha de lo que yo creo que es fibra de vidrio. En la mesa del frente, un muchacho que habla como la mayoría de muchachos que conozco que salieron del Externado San José trata de defender ante tres compañeras la calidad de una frase diseñada por él que pretende incitar a algo de lo que no estoy seguro [11/noviembre/09-en mi cuaderno]


SEIS* Aquí, la tarde huele a tinte para el pelo y no es porque mi amiga se ha pintado el pelo el fin de semana pasado, sólo es que así huele. Disfruto el viento que hará sufrir a las personas en albergues esta noche. Disfruto el viento. Estoy seguro de que puedo enamorarme
fácil,
superficialmente,
con sonrisas y besos,
casi de cualquiera.
El calor no está tan mal y se disfruta, al fin es soportable y puedo distraerme apreciando las sombras de los árboles en el suelo, observando la mía anticipando mis pasos y dándome pistas de cómo se ha de ver mi pelo. Es noviembre con vientos de octubre. El Papa debería ajustar el calendario nuevamente (no sé por qué son los papas los que lo hacen) y hoy debería comenzar octubre. Yo tendría siete días más de juventud. Octubre comenzaría quieto. El día está quieto y no  es la primera vez que lo describo. Las sombras confirman la quietud [11/noviembre/09-en mi cuaderno]


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Foto: Nadie
Modelo: Phillip Panchito Monono II (R.I.P.)
Borradores dejados inconclusos  en Blogger y en mi cuaderno. ¿Cómo ha estado?

25 de octubre de 2009

A falta de creatividad, lista


Domingo es: Comenzar a las once de la mañana. Sopa. Papá que cocina. Bat for Lashes. LA MUERTE EN VENECIA de Thomas Mann. Zune es mejor que iPod. Calor. Desarrollar un parcial para mañana. Estudiar para otro parcial de mañana. Pensar en bañarse. Lavar ropa. Seguir bajando EINSTEIN ON THE BEACH. Un moscarrón cogiéndose una mosca por más de media hora en el patio. Mi papá y las películas de Canal 6. Ver los movimientos de las nubes mientras escucho SATYAGRAHA y creer sentir tristeza cuando se deshacen. Chuchitos en forma de gatitos. Cuatro zopes sobrevolándome. Comer oyendo música. Ver el cielo reflejado en la sopa. Llamar a alguien para que vaya al teatro con uno y terminar yendo solo. Atravesar la ciudad. Un boleto con descuento de estudiante. Esperar media hora y fijarse en toda la gente que pasa sobre la Plaza Morazán. Saludar sólo con hola a las gentes que conosco. Entrar en fila. Sentarse en medio. Terminar devastado. Callado (el domingo es callado). Caminar entre los edificios tenebrosos del centro de noche. Un señor pidiendo veinte centavos porque lo asaltaron. El camino a casa interrumpido por dos metaleros drogados. Preferir cambiar de bus a morir. Verse las manos en lo que resta de trayecto. Llegar a la casa. Darse cuenta de que se está vivo. Negar. Negar. El domingo es negación. 

6 de octubre de 2009

Cernió

Esta lluvia es extranjera. Así no llueve en San Salvador. Parece la descripción que me han hecho de la lluvia limeña.

Parece que Dios pestañeara después de haber llorado bastante sin darse cuenta de que su rocío nos cae hasta acá abajo, nos molesta, nos hace pestañear incómodos.

San Salvador así, tan opaco, parece San José en un día soleado. A la vuelta de la esquina encontraré, probablemente, el cine de finales del siglo XIX y estaré otra vez ahí, extranjero solo, sin saber qué hacer.

¿Cae rocío o es que la cara y los brazos se me están durmiendo?

Sueño que voy en el sueño del alcalde de San Salvador. Sueño que voy en el Metrobús del D. F. y el cielo está gris e inmenso, como reflejo borroso del propio D. F. Los edificios grandes de la UNAM tratan de colorear el día.

Despierto. Nunca estuve dormido. La poca luz de este día resalta los detalles de todo lo que hay. No hay Sol que me esconda los secretos con su luz. Este día es opaco y cernió.

3 de octubre de 2009

Aun los espacios vacíos tienen aire / Uno dice*

Uno es humano, tiene que comer, que vivir porque uno así lo quiere.
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Yo tenía que trabajar y someterme al frío de levantarme a las cuatro de la mañana, hora en la que un taxi me recogía y me llevaba a mi trabajo en el edificio más cuadrado y más frío del Bulevar de Los Héroes.

No podía con la carga de mí mismo y comencé a llorar constantemente sin que nadie lo notara, ni yo, y lloraba sin lágrimas y sentía llorar. Hablaba inglés, por eso me pagaban. Me desesperaba tanto porque no me sentía como yo, me deprimía. Lidiaba con un trabajo donde pasaba diez horas al día, soportando las despedidas para siempre de los amigos, una detrás de otra, todas acumuladas.

Veía los cielos de la tarde y la ciudad todos los días que trabajaba, tras los vidrios del edificio que apresan. Me di cuenta de que detrás de la ventana que sirve de pared externa del edificio, contruían otro edificio igual, unos hombres que, al igual que uno, trabajan con la cara triste. y medio se alegran a la hora del almuerzo. Caminaban por los andamios verdes y a veces se sentaban en ellos a contrastar sus pieles morenas contra la degradación de blanco a azul en el cielo.

Me perdía varios segundos en esas imágenes y lloraba de verdad, comenzaba a buscar un papel cualquiera. El trabajo no importaba ya. Escribía un verso, siete, otro por cada sentimiento que cada movimiento de los constructores me provocaba. Encontraba un poco de belleza desde ese espacio donde me tocaba estar, comenzaba a disfrutar la vista, la ciudad al rededor, los carros bajo los pies, el cielo omnipresente, las gentes que caminaban por el bulevar inadvertidas de que uno las veía y se inventaba sus pensamientos, sus historias y sus deseos.
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Uno escribe. Uno no habla con nadie. Uno se encierra en un mundo inmenso creado entre uno y su cuaderno. Uno tiene silencios de fuego./ Uno quiere decir y no puede./ Uno sabe el abismo./ Eso es todo./ Uno dice y no entiende./ Eso duele.*

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Patético intento de contar cómo inicié el poemario AUN LOS ESPACIOS VACÍOS TIENEN AIRE que se ganó el Gallo Tapado hace unos días.
La primera palabra del título del poemario no lleva tilde como ha salido en algunos lugares.
*Por el poema UNO DICE de Mario Zetino.

2 de octubre de 2009

Exhilio se escribe sin hache intercalada

Agarro mi kit de exilio temporal y me salgo de la casa en un día que no tenía planeado hacerlo. Qué mejor refugio puedo encontrar que esta combinación de confesión católica y testimonio evangélico. Frente al monitor, en Blogger, siento que me confieso en privado y que la pantalla es la pantalla calada que esconde la vergüenza entre el cura y yo. Me doy cuenta de que muchas personas leerán mi confesión y, sólo por eso, esto se convierte en testimonio. La computadora es el púlpito desde donde "vengo a darles testimonio de salvación en mi persona" y ustedes son los creyentes, los feligreses, los peores religiosos que he tenido la desdicha de conocer: los evangélicos.

Como mi papá está triste y no cabemos los dos en la casa en esa situación, me salgo. Después de bañarme respiro profundamente y me digo que salir me va a hacer bien; comienzo a recordar cuando comencé a salir solo, mi adolescencia, los 13 años, los 14 y los 16; recuerdo la sensación de bienestar y de calma. Yo, niño, en calma, en medio del caos de San Salvador. Armo mi kit de exilio temporal. La agenda de las fotos bonitas, los lapiceros, los documentos en la billetera con tres dólares, la bolsa con la veintena de colas para el pelo, papel higiénico. Me cruzo la pita del morral en el pecho y me voy. Salú, papá, te dejo solo para no estorbarte en tu tristeza; te entiendo. Salgo a la calle y espero regresar a la casa. Tengo que cruzar Soyapango, soy abiertamente gay, tengo el pelo largo, tengo 23 años, viajo en bus, no uso jeans, creo que escribo poesía. No sé. Tengo altas probabilidades de estar muerto.

1 de octubre de 2009

Notas de hoy

Prefiero una experiencia intensa, de sensaciones fuertes, que me saque lágrimas y me erice la piel; a otras cosas de más importancia convencional como estudiar un día antes para un examen parcial, visitar a mi abuela o bañarme todos los días.

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A veces soy tan consciente de las cosas que he estado a un segundo de comenzar a gritar en el aula A-12 de la UCA: "¡¡Estamos en una clase de filosofía!!, ¡¡ESTOY EN UNA CLASE DE FILOSOFÍA!!" y salir saltando, sin rumbo, a perderme —quizás— dentro de mí.

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Me he dado cuenta de que mi papá me quiere y eso me da ternura. Pero no me gusta el enfoque de su cariño. Me quiere porque soy su hijo; no, porque soy yo, lo que soy, y me dio tristeza.

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Iba parado en el bus. El bus iba lleno. Reconocí a un muchacho que se subió, había estudiado en el mismo mal colegio que yo y ahora ya era un hombre (¡lástima!). Nunca hablamos en el colegio. Él iba dos años adelante de mí. Nunca nos saludamos, siquiera; nunca nos dimos la mano. Al bajarse del bus, me rozó todas sus nalgas en las mías y las recreé en mi mente con todos los detalles que sentí. Treinta pesonas más me rozaron sus nalgas ese día.

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Hoy inicia octubre.

21 de julio de 2009

Necroturismo y música desafinada

Un muchacho tiene colochos y buenas intenciones para el arte. Las nubes tienen la forma de Europa. Tres señoras canosas tienen diferentes variaciones del mismo corte corto de cabello. Otro muchacho tiene palabras y me habla como si nos conociéramos, tiene risas y se ríe de los chistes que les digo a los que me han llevado al cementerio. Las cámaras de los camarógrafos tienen luces que amarillentan las tumbas blancas en la noche. Un micrófono tiene la saliva de dos funcionarios, dos alumnas universitarias y un historiador que en él hablan. Unas tumbas tienen sobre ellas, esta noche, una banda musical. La banda tiene vientos metales y madera y la capacidad extraordinaria de desafinar, de convertir marchas fúnebres en acompañamiento de payaso borracho. Los asistentes tienen risas, algunos, y cuchichean, algotros. Cada grupo de personas tiene sus propios intereses y temas de conversación. La banda es decoración, el elemento que le da a la noche un aire a Fellini (porque lo tiene). El cementerio tiene flores y huelen.

Al rededor de la música, nos reunimos a que nos amenice. No la escuchamos. Ya no. No tenemos que oírla.


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Fui a un concierto de noche en Los Ilustres.
Foto de Cristina Vega
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9 de julio de 2009

Cuento de cemento

Llovía como miles de chuchos miando. Las nubes se revolcaban entre todas como en orgía, como en película blanco y negro. Por el techo tipo carpa de circo del nuevo Café de Don Pedro, se deslizaban los chorros de agua, kamikazes, y soltaban sus risas chispeantes. El visavisa de los cobradores contrastaba con el ruido de la lluvia golpeando la calle. Un cobrador iba colgado de la puerta de la coster y no se mojaba. Las graves ondas del bajo que emanaban del vehículo, ahuyentaban lejos los chorros e iban a morir a la calle, atropellados.

En una esquina de Soyapango, una vendedora y sus hijos se habían refugiado bajo los pocos centímetros que sobresalían del techo de la clínica frente a la que vendían. Vendían ahí hace años. Dejaron los huacales abandonados a unos pocos pasos, se apuñaban contra la pared blanca y se miraban más morenos, más bellos porque la sonrisa no se les desprendía de la cara y parecían gozar. Los dientes de la madre eran grandes y blancos, como los chicles que vendía su marido.

Dentro de la clínica siempre era frío. El doctor, detrás de sus lentes, vió unas siluetas negras deformarse tras los solaires de las ventanas; se acercó con curiosidad porque ya estaba sordo y no sabía a qué sonaban los dueños de las siluetas. Al poner la oreja contra la cortina, escuchó las risas de los niños y la de la madre rebotarle hasta en el pecho.

Abrió la puerta un poquito. Seis ojos negros se le clavaron en la cara. Con la mano llamó esos ojos y les dijo:

—¿No quieren pasar adentro mientras llueve?
—Bueno —dijeron después de dudar unos segundos.

Adentro, tomaron café y comieron pan dulce. Adentro, se conocieron. Afuera, los mangos comenzaban a desbordarse de los huacales, se fueron rodando entre el agua.

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No hay duda de que este estilo es muy original. Yo lo inventé.

26 de junio de 2009

14 de junio de 2009

Parado carey* en Plaza Morazán

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*No se preocupe si no entiende qué es "carey". Apenas he comenzado a escribir mi teoría sobre esta subcultura.

En la foto tomada por Ada Zepeda, Nadie está en medio. Adivine quiénes son los demás.

25 de mayo de 2009

Quedarse

En el bus, hoy, ninguna persona se sentó a mi lado.
L a r g a hora de un asiento de dos sólo para mí. Viento entrando por la ventana sólo para mí. Ni un cuerpo que me roce, que invada mi espacio personal y me toque y que recueste sucabeza sobre mi hombro después del desvelo de una noche de mal sexo.

En TCS Noticias, hoy, se veían vacías las calles. Solas las calles, sin basura. Con viento las calles, con Sol y palomas. Tres buses por la Avenida Peralta, dos por la Juan Pablo II.

San Salvador, hoy lunes, deshabitada. Poca gente le camina, sólo un puñado de cientos de miles. Anoche fue el rapto, seguramente. Esa viejita que camina con el canasto ha de ser satánica. Ese niño durmiendo envuelto en un cartón nunca aceptó a Cristo ensucorzóncomosuúnicoysuficientesalvadorpersonal. Yo soy Nadie y ese es mi pecado. Por eso nos hemos quedado.

Dios vino por su iglesia y en este momento se celebran las zoofílicas bodas del cordero de Dios. El salón es de un hotel cuatro estrellas y un combo toca cumbias. Jesús ya está bolo. María le pide que convierta el vino en agua. La esposa está vestida de lino fino, limpio y resplandeciente que será manchado con sangre de vagina... o de ano. Su esposa, la iglesia, está formada por mujeres y hombres, niñas y niños, ancianas y ancianos: poligamia, boda gay, pedofilia.

Anoche fue el rapto.
Ya somos menos en el mundo.
Desde hoy seremos felices. Nosotros
los ateos,
los quedados.

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Estoy agarrando paja con los evangélicos. ¡Que la soquen!

19 de febrero de 2009

[1] [2] Muchachos guapos y sus efectos












Cuando dos amigos están deprimidos por el amor (o el desamor), no queda más remedio que deprimirse también (es casi inevitable). Esas energías son fuertes y duras, lo traspasan a uno; sobre todo en un día en el que uno ha visto muchachos guapos existir cerca. (Presiento que este post será tan mediocre como los de la tal "Queithcita" o la "Alecita ♥" o la "Princesita Soñadora"... pero ni modo.)*

Estoy viejo ("no, no lo estás"—dirá algún comentario (ahora ya no (o quizás sí))—"no seás así con vos mismo"), en la cara se me nota el desvelo y lo poco que me baño. Es mi manera de ahuyentarlos, así los voy empujando hacia afuera de mí (a los hombres) y me voy acostumbrando a estar solo (¡¡¡y dale!!!). 

En un edificio (Palacio Municipal de Santa Tecla) hay gente, se puede hablar con ellas pero parece que uno no está acostumbrado al contacto directo (¿dónde está Facebook?). "Sí"—podría decir—"sos lindo[1]; lo acepto. Aunque no entiendo por qué me sonreís ni si me sonreís sinceramente, puedo aceptar que tu sonrisa es linda... por más maje que seás; tu sonrisa no tiene la culpa"; pero no lo digo, pretendo que todo es normal en el mundo y le hablo como si de cualquiera se tratara, como si lo hubiera visto ayer y habláramos siempre, como que si no le estuviera escribiendo un libro desde hace un año. Veré sus fotos en Facebook más tarde (ya lo hice) para seguir escribiendo.

Y luego, aparece otro[2] (muchacho guapo) y mientras se sienta a existir cerca mío, le escribo un poema a su pose e imágenes que hace inadvertido y me lo guardo en la memoria para pasarlo al otro libro que llevo a medias (o a tercias o a saber) y hago la anotación mental de que pondré su nombre junto a los otros hombres que me han inspirado (ya lo hice (qué ridículo yo)). Qué fuerte su saludo. Qué suave le doy la mano; me siento más maricón (por suave y porque me gusta). Pedro Lemebel pasa cerca, encaramado en sus tacones y no me importa. Yo sólo lo quiero ver a él (al otro guapo) y ver si en persona es guapo o si es igual que en sus fotos. 

Robert Wilson (qué bueno Google ¿verdad?) ha diseñado el cielo del país esta tarde, casi noche. De blanco a azul lo degrada y en medio le pone a Venus encendido. Se encienden las luces del carro de mi amiga y yo adentro, como llave olvidada dentro, con la sensación placentera dolorosa que los dos muchachos me han dejado (que me he dejado yo mismo). El carro nunca se mueve. Es la calle la que avanza como banda (La calle es una banda sin fin y la pongo a la velocidad que yo quiera) y que en unos minutos me coloca en el cento comercial (Metrocentro) desde donde seguiré mi camino, llegaré a mi destino (Soyapango). 

Aún no es posible descifrar lo que siento. Hombres y mujeres hablan (algunos pregonan). Es hasta que reencuentro a mis dos amigos más tarde, tras una pantalla (computadora) que comienzo a ceder, a aceptar que es patético pensar que estoy mejor soltero que con algún cucaverga; a deprimirme, a arrugarme rápido y querer llorar sin éxito... a sentirme patético, a escribir posts grenchos.

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*Sin ánimos de ofender a gente que no conozco personalmente. Sólo en honor a la verdad.

9 de enero de 2009

Jódase si no sabe francés (yo tampoco sé)

Rien de rien./ Il ne se passe jamais rien pour moi. Je me demande pourquoi.

Ya me levanto temprano, ya busco entre mi ropa y me visto. Salgo. Hacia la universidad voy. Curso preuniversitario. Niños de 17 años recién graduados, recién bañados, recién salidos al mundo; unos aún encerrados... dentro de sus pequeñas cabecitas bien peinadas. Bendito edificio de aulas B, sos más que un edificio, sos más que funcional, me excitás. Empiezo a hacer tareas luego de dos años de no tener que hacerlas y las hago, casi siempre, antes de entrar a clases. Socializar con gente nueva. Todos son tontos. La mayoría son niñas. Así comienza el año.

C'est pas seulement ma voix qui chante./ C'est l'autre voix, une foule de voix.

En las mañanas me baño con la voz de Edith Piaf, nunca con agua. Los libros en mis morrales. Los buses con el centro y el humo cayendo gris, casi negro, sobre la calle negra. Algunas mujeres siempre esperan que uno les ceda el asiento: ¡se jodieron! ¡igualdad de género! En la universidad esa hay gente que jamás he visto, siento que estoy en el extranjero. La mayoría de personas son bonitas. Las niñas tienen el pelo planchado y la ropa de Bershka o Zara o Pull and Bear. Los niños tienen un uniforme universitario: skinny jeans (punteyuca, salvadoreño), camisa polo y zapatos blancos. El idioma de este nuevo país es bien peculiar: tripear, mal set, tri [inserte aquí cualquier calificativo]. "Y ¿cuántos años tenés?", respondo que 23... "estás joven todavía, vos": ¡¡¡CLARO QUE SÍ!!!

Allez venez, milord!/ Vous asseoir à ma table./ Il fait si froid dehors./ Ici, c'est confortable.