
Así como se besan los protagonistas en las telenovelas, así me besaba yo con mi primo y con dos amigos; así me besaba yo con una amiga y la hermana de uno de esos amigos. Ninguno de ellos sabía lo que yo hacía con los otros y, aunque no me afanara en ocultarlo, no hablaba de ello con ninguno.
Con mi primo nos acostábamos en la cama y nos abrazábamos largos ratos acariciándonos y comiéndonos el olor de nuestros alientos (aún lo recuerdo). Con mis amigos nos desnudábamos, nos inspeccionábamos todo el cuerpo y los besos no se limitaban a la boca. No eran muy diferentes las cosas que hacía con mis amigas, pero ellas tenían un olor diferente... femenino, quizás. Nunca pasamos de besos y caricias con niguno de ellos; nunca eyaculamos, nunca alcanzamos un orgasmo.
Xiomara era rubia, con el pelo corto y risado. Margarita era morena. Mi primo era negro y Ángel y Daniel, trigueños. Creo que ninguno tenía particular belleza, pero en esa época yo no me fijaba en la apariencia y ni pensaba en tener una relación duradera. En esa época yo sólo quería satizfacer un deseo que no podía definir ni nombrar, que subía por mi cuerpo con la intensidad que sólo las emociones de la niñez tienen. Pasaba días esperando el momento de ver a uno de mis amigos y tener un rato a solas para otra vez abrazarnos, besarnos y explorar nuestros jóvenes cuerpos desnudos.
Mi mamá vió una vez, en la casa de mi tía, cómo le bajaba el pantalón a mi primo y él, que fue el que se dió cuenta de que nos espiaba, se comenzó a reir nervioso y se apartó de mí; al darme cuenta, yo me paralicé del susto y ella nos regañó muy enojada haciendo alarde de su conocimento de la Biblia y casi tomando la posición divina de Dios. A los minutos parecía como si mi mamá no hubiera visto nada y se encontraba ya en un estado de negación que la caracterizaría desde ese momento; nunca dijo nada a nadie. Al tiempo, en mi casa, mi mamá me vió desnudo con uno de mis amigos, nos ordenó vestirnos al instante y sacó a Ángel a la calle. Yo quería morirme porque pensaba que esa vez sí le contaría a mi papá lo maricón que es su hijo; pero no lo hizo, siguió en la negación que traía desde antes y a los días, a las semanas, fui yo el que comenzó a olvidar el incómodo acontecimiento y nunca volví a buscar sexualmente a mis amigos, ni ellos a mí.
Pero no nos dejamos de ver; jugábamos juntos de vez en cuando, veíamos los Power Rangers y nos invitábamos a las piñatas en los cumpleños. Nuestras mamás seguían frecuentándose, siendo hermanas en Cristo y de carne; si supieron de las cosas que hacían sus hijos conmigo, ya estaban todas contagiadas de la negación de mi mamá y la fortificaban unidas y de la mano de Dios. Yo sólo tenía 5 años. Mis amigos rondaban mi edad.
--
Imagen: NIÑOS EN LA PLAYA de Joaquín Sorolla (1863-1923).