
Es el tercer sábado de cada octubre de cada año. Programada, a las diez de la noche, la cama de Olga Miranda se dobla hacia arriba para sentarla. Olga va despertando en los segundos que ese trayecto dura. Todas las sirvientas de la casa saben que cuando Olga se levanta no deben asomar por su cuarto. Está en camisón, sin maquillaje, arrugada y completamente calva. El cielo falso sobre su cabeza se abre y bajan dos brazos robóticos con una peluca perfectamente peinada. Se la colocan en su cabeza llena de lunares de la tercera edad, de adulta mayor. Fijan bien la peluca, le pintan la cara con maquillaje en aerosol, pulen sus uñas, la visten y la calzan: la convierten en Olga Miranda.
Es el tercer sábado de cada octubre de cada año. La sirvienta número setenta y tres sabe que es la noche en que su señora sale a una misteriosa tarea, misteriosa costumbre que se da cada año. Setenta y tres le tiene preparados en el recibidor un maletín de cuero negro, unos guantes y una capa con capucha del mismo color. Olga Miranda baja el amplia escalera colocándose sus gafas oscuras a las diez y veinte de la noche. Toma en silencio las cosas que Setenta y tres le ofrece con una mano mientras que con la otra le abre la puerta. Afuera la espera su chofer, código CH25q, quien cierra, sin hacer ruido, la puerta del carro negro de vidrios polarizados, cuando ya Olga Miranda se encuentra acomodada en el asiento, callada, misteriosa.
El chofer arranca. En unos minutos llegan a las afueras de la ciudad, están en Las Delicias, por la salida de Santa Tecla hacia Santa Ana. Han llegado, como todos los años en ese día, frente a la pequeña casa de las hermanas Chacón, las señoras que por tantos años han puesto el nombre de Las Delicias en la ruta turística del país; las de la receta de cebada única, los pastelitos de carne y de frutas, los dulces de leche de burra.
Olga baja del carro ataviada a las once de la noche, toca la puerta y las Chacón la esperan en vela. Le abren. No hablan. Sólo le entregar un libro de pasta negra y no pueden ocultar su cara de tristeza. Olga las ve con aire de superioridad y se dirige a una, a la que le dio el libro, a la más triste:
—Elvira, mujer, ya deberías estar acostumbrada. Bien sabés tú que los Chacón juraron quinientos años de servicio a mi familia. No veo por qué tanta mala cara año tras año. Estas recetas que me entregás no te las estoy robando, niña, no. Es parte del pacto que las mujeres Chacón nos den sus recetas y que las Miranda las hagamos pasar por nuestras, así mantenemos nuestra fama. ¿A quién va a querer ver la gente en la televisión cocinando? ¿a vos o a mí? Resignate, niña, el contrato no termina mañana. Todavía te quedan tus pastelitos, tus dulcitos y tu cebada. Mirá la Leo, siempre de estoica, incólume la mujer. Tú tenés que agarrar ejemplo de ella, Elvira.
Y con esas palabras las dejó. Puso el libro negro en el maletín, salió sigilosa de la pequeña casa y se metió en su carro, satisfecha de que tenía asegurado su negocio de recetas un año más, su show, su libro, el nuevo libro que preparaba, su comida congelada, sus vinagretas. Sonriente iba Olga, aferrada a su recetario negro. Al pasar rumbo a su casa, frente a la Hacienda de los Miranda, un enorme rayo se desprendió entre las nubes y los ojos se le incendiaron. Olga Miranda se sentía viva. Código CH25q temblaba de miedo en el asiento de adelante.
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Por las habladas de caca que hemos tenido los cucavergas en torno a Olga Miranda. Foto plagiada de olgamiranda.com.







