
—¡Suelte esa lengua, hermana, suéltela!— decía imperativa la diaconisa como que si de algo sirviera aquello que pedía.
—¡¡Aaassssa rababayshata rababacanda babababaysa!!, ¡¡maba saba mamamabaysa rasibibibibisibisibi!!...Y terminó de hablar en lengua angelical; nunca había sido tan libre en su vida, nunca se había salido de sus límites.
Todos aplaudieron. El estatus de la mujer, dentro de la iglesia, era otro; estaba bautizada por el Espíritu Santo.
Pero Dios fijó sus ojos en otra mujer y, topando sus gigantes labios a su oreja, le dijo:
—He aquí, hija mía...
Ella —rosada, sudando y llorosa— dijo con voz audible a los que ahí estaban:
—"He aquí, hija mía" dice el Señor.
Al final de cada frase se le escapaba un lamento, casi hipo.
—... que estoy a la puerta y llamo.
—"Que estoy a la puerta y os llamo" dice el Señor (hipo)— con la actitud de quien dice la cosa más importante que se ha dicho en la historia.
—Yo soy un dios celoso— le dijo Dios casi automáticamente, acostumbradísimo a ese discurso, mientras pensaba qué cenaría más tarde.
—Que "soy un Dios celoso" dice el Señor (hipo).
—Pero no he de complaceros en todos vuestros caprichos— y se puso un parche para dejar de fumar.
—"Pero no he de complaceros en todos vuestros caprichos" dice el Señor.
Y esa última frase la dijo con un tono cansado, como quien acaba de pasar siete horas teniendo sexo. Ella se sentía santificada.
Las cuatro mil personas en la iglesia supieron que el espíritu la iba abandonando, o le estaba terminando de decir cosas al oído, o lo que sea. Hay cosas que uno nunca debe cuestionar; no hay que ser soberbio.
Los diáconos y diaconisas vigilaban que nadie tuviera los ojos abiertos "por respeto a Dios".
La mujer que había recibido el don de la profecía empezaba a regresar a su cuerpo, en sí misma; ya sentía estancarse el sudor en las arrugas bajo sus ojos, ya sentía el olor del sudor impregnado en la mantelina que envolvía su cabello. Dos palomitas blancas bordadas en la mantelina blanca, en una simetría perfecta, se besaban las muy lesbianas.
Dios se sentó en una silla de jardín, cruzó la pierna con un movimiento afeminado y sacó un cigarro porque la jornada había sido dura. Es duro ser omnipotente.
Mientras en la iglesia recogían la ofrenda, cerró sus ojos que todo lo ven y no lamentó no recibir nada del dinero porque, de todos modos, es voluntad suya que los pastores roben, mientan, usen su nombre como excusa y etcétera: es así: Él así lo quiere.
Dios puso sus ojos en un hombre de otra iglesia, a su oreja topaba sus hermosos labios de muchacha nunca besada y le susurraba hipnotizante:
—He aquí, hijo mío —tiró el filtro aún ardiendo y sacó otro cigarro.
—"He aquí, hijo mío" dice el Señor (hipo).